Undécimo día en #acampadasol (27 de mayo de 2011)
Yo no quiero que dimita nadie. No basta. Es necesario que los responsables de las palizas de Barcelona sean juzgados por sus actos. Abuso del poder, uso injustificado de la fuerza y agresión indiscriminada a civiles. Claro que las acampadas son ilegales. Nadie tiene derecho a adueñarse de una plaza. La cuestión es si la respuesta del poder a esa ‘falta’ puede legalmente ser el uso de la fuerza. Si un señor defrauda a Hacienda comete un delito. Pero nadie se imagina que en la puerta de su casa se planten diez antidisturbios con la intención de sacarle los impuestos del bolsillo a base de hostias.
Un policía, como individuo, debe ser responsable de sus actos. Y un político no puede utilizar a su antojo los servicios del estado. Y si esto ocurre, la decisión final de cumplir una orden debe recaer exclusivamente sobre el agente. Viendo estas imágenes cuesta mucho pensar que los mossos no están disfrutando con su trabajo. Podrían haberse negado a cargar. Podrían haber simulado una carga sin llegar a golpear de verdad. Podrían haber hecho cualquier cosa menos eso. Cien heridos. La idea de que el verdadero enemigo es el estado debe de estar revoloteando a estas horas por no pocas cabezas. Dentro y fuera de las acampadas. No creo que un policía no pueda negarse a cumplir un orden que le obliga a golpear por la espalda a un ciudadano que está ejerciendo pacíficamente su derecho a la protesta. Me niego a creerlo porque la alternativa es el fascismo.
Hay una Ley de Partidos con la que a punto han estado de silenciar a una coalición que después resultó ser la mayoritaria de una provincia entera. ¡Habrían silenciado a una provincia entera! Yo pido una Ley de Partidos que lleve a la cárcel e inhabilite de por vida a un político que utiliza la fuerza indiscriminada contra sus propios ciudadanos. Llevo tres días sin acercarme por la Puerta del Sol. Principalmente por cansancio. No sólo físico. También porque hace días que mi convencimiento sobre la oportunidad de la acampada empieza a flojear. El último acto al que asistí fue la pérdida de una buena ocasión para tomar una decisión responsable. Lo contaba en el post anterior. Este movimiento era grande cuando no pretendía organizar el mundo desde cero decidiendo incluso si el sol debe salir por el este. Era una respuesta clara y rotunda al sistema económico y social que nos han impuesto con nuestra propia connivencia políticos y banqueros, principalmente. Era un ¡NO! generalizado con una fuerza imparable. Esa fuerza se ha diluido porque la energía de la movilización se ha polarizado en la acampada. La gente que está bajo la lona, motor indiscutible de las protestas históricas que hemos vivido estos últimos días, no son, sin embargo, representantes de nadie excepto de ellos mismos. Y esto, que es legítimo, está haciendo daño al movimiento. Haber permitido el debate de los comercios, por ejemplo, ha colocado a los acampados en un foco negativo que les perjudica. A ellos y a la protesta.
He necesitado tres días para organizar mis diferencias, las ideas y los argumentos que explicaran esa frustración que sentí el martes cuando vi cómo poco más de cien personas decidiían de forma casi salomónica el futuro de comercios y empleados de la plaza. Sin embargo, después de Barcelona, todo ha cambiado. Me siento como el primer día. Mañana iré de nuevo a Sol para venir aquí y contar lo que está pasando. Quiero vigilar para que si vuelve a ocurrir lo mismo que esta mañana en la Plaza de Cataluña pueda ponerle cara y nombre a los bastardos. Pero también espero contar cómo se tomó la decisión de levantar el campamento. Porque espero que así sea. Dejando, eso sí, un mensaje bien claro. Volveremos a tomar la calle cuando nos dé la gana. Y la próxima vez seremos muchos más.